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6 de febrer del 2010

PEDRO Y EL HILO MAGICO

Pedro era un niño muy vivaracho. Todos le querían: su familia, sus amigos y sus maestros. Pero tenía una debilidad, era incapaz de vivir el momento. No había aprendido a disfrutar el proceso de la vida. Cuando estaba en el colegio, soñaba con estar jugando fuera. Cuando estaba jugando soñaba con las vacaciones de verano. Pedro estaba todo el día soñando, sin tomarse el tiempo de saborear los momentos especiales de su vida cotidiana.

Una mañana, Pedro estaba caminando por un bosque cercano a su casa. Al rato, decidió sentarse a descansar en un trecho de hierba y al final se quedó dormido. Tras unos minutos de sueño profundo, oyó a alguien gritar su nombre con voz aguda. Al abrir los ojos, se sorprendió de ver una mujer de pie a su lado. Debía de tener unos cien años y sus cabellos blancos como la nieve caían sobre su espalda como una apelmazada manta de lana. En la arrugada mano de la mujer había una pequeña pelota mágica con un agujero en su centro, y del agujero colgaba un largo hilo de oro. La anciana le dijo: “Pedro, este es el hilo de tu vida. Si tiras un poco de él, una hora pasará en cuestión de segundos. Y si tiras con todas tus fuerzas, pasarán meses o incluso años en cuestión de días” Pedro estaba muy excitado por este descubrimiento. “¿Podría quedarme la pelota?”, preguntó. La anciana se la entregó.

Al día siguiente, en clase, Pedro se sentía inquieto y aburrido. De pronto recordó su nuevo juguete. Al tirar un poco del hilo dorado, se encontró en su casa jugando en el jardín. Consciente del poder del hilo mágico, se cansó enseguida de ser un colegial y quiso ser adolescente, pensando en la excitación que esa fase de su vida podía traer consigo. Así que tiró una vez más del hilo dorado. De pronto, ya era un adolescente y tenía una bonita amiga llamada Elisa. Pero Pedro no estaba contento. No había aprendido a disfrutar el presente y a explorar las maravillas de cada etapa de su vida. Así que sacó la pelota y volvió a tirar del hilo, y muchos años pasaron en un solo instante. Ahora se vio transformado en un hombre adulto. Elisa era su esposa y Pedro estaba rodeado de hijos. Pero Pedro reparó en otra cosa. Su pelo, antes negro como el carbón, había empezado a encanecer. Y su madre, a la que tanto quería, se había vuelto vieja y frágil. Pero el seguía sin poder vivir el momento. De modo que una vez más, tiró del hilo mágico y esperó a que se produjeran cambios.

Pedro comprobó que ahora tenía 90 años. Su mata de pelo negro se había vuelto blanca y su bella esposa, vieja también, había muerto unos años atrás. Sus hijos se habían hecho mayores y habían iniciado sus propias vidas lejos de casa. Por primera vez en su vida, Pedro comprendió que no había sabido disfrutar de las maravillas de la vida. Había pasado por la vida a toda prisa, sin pararse a ver todo lo bueno que había en el camino. Pedro se puso muy triste y decidió ir al bosque donde solía pasear de muchacho para aclarar sus ideas y templar su espíritu. Al adentrarse en el bosque, advirtió que los arbolitos de su niñez se habían convertido en robles imponentes. El bosque mismo era ahora un paraíso natural. Se tumbó en un trecho de hierba y se durmió profundamente.

Al cabo de un minuto, oyó una voz que le llamaba. Alzó los ojos y vio que se trataba nada menos que de la anciana qu muchos años atrás le había regalado el hilo mágico. “¿Has disfrutado de mi regalo?”, preguntó ella. Pedro no vaciló al responder: “Al principio fue divertido pero ahora odio esa pelota. La vida me ha pasado sin que me enterase, sin poder disfrutarla. Claro que habría habido momentos tristes y momentos estupendos, pero no he tenido oportunidad de experimentar ninguno de los dos. Me siento vacío por dentro. Me he perdido el don de la vida". “Eres un desagradecido, pero igualmente te concederé un último deseo”, dijo la anciana. Pedro pensó unos instantes y luego respondió: “Quisiera volver a ser un niño y vivir otra vez la vida”. Dicho esto se quedó otra vez dormido.

“Pedro volvió a oír una voz que le llamaba y abrió los ojos. ¿Quien podrá ser ahora?", se preguntó. Cual no sería su sorpresa cuando vio a su madre de pie a su lado. Tenía un aspecto juvenil, saludable y radiante. Pedro comprendió que la extraña mujer del bosque le había concedido el deseo de volver a su niñez. Ni que decir tiene que Pedro saltó de la cama al momento y empezó a vivir la vida tala como había esperado. Conoció muchos momentos buenos, muchas alegrías y triunfos, pero todo empezó cuando tomó la decisión de no sacrificar el presente por el futuro y empezar a vivir en el ahora.

Cuento extraído de la fabula espiritual “El monje que vendió su Ferrari” Robin S. Sharma (1997).

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4 de setembre del 2009

LOS GUIJARROS Y LA MANTEQUILLA

Un día llegó un joven al Buda llorando desconsoladamente, no podía parar. El Buda le preguntó:
- ¿Qué es lo que anda mal muchacho?-Señor, ayer murió mi anciano padre.
-Bién, !qué le vamos a hacer! Si ha muerto, el llanto no le devolverá a la vida.
- Sí señor, esto lo entiendo. El llanto no resucitará a mi padre. Vengo hasta ti con una petición especial: por favor, !haga algo por mi difunto padre!.
- ¿Eh? ¿Qué puede yo hacer por tu padre? - le preguntó Buda.
- Señor, por favor, haga algo, seguro que puede, ya que es usted una persona muy poderosa. Todos esos sacerdotes perdonadores realizan toda clase de ritos y ceremonias para ayudar a los muertos, y, en cuanto el ritual se cumple aquí, la puerta del reino de los cielos se abre y se le da entrada, el muerto, consigue un pase. Señor, ¡usted es tan poderoso!. Si celebra un rito por mi padre muerto, no sólo recibiera un pase, obtendrá la carta verde. Por favor, señor, ¡haga algo por él!.
El pobre hombre estaba tan acongojonado que no hubiera podido entender un argumento racional; el Buda tenía que utilizar otro método para hacerle comprender. Así que dijo:
- Muy bien. Ve al mercado y compra dos pucheros de barro.
El Joven se sintió enormemente feliz, pensando que el Buda había accedido a organizar una ceremonia para su padre. Corrió al mercado y volvió con dos pucheros.
- Muy bien - dijo el Buda -, llena un puchero con mantequilla.
El muchacho lo hizo. Llena otro con guijarro. Lo hizo.
- Ahora ponle la tapadera y ciérralos herméticamente.
- Ahora - dijo el Buda - coge un palo grueso y golpea los pucheros hasta que se rompan.
El joven estaba exultante, pensando que el Buda estaba realizando una ceremonia maravillosa por su padre. Según una antigua costumbre india, cuando un hombre muere su hijo lleva su cadáver al crematorio, lo pone sobre la pira funeraria y lo quema. Cuando el cuerpo está medio quemado, el hijo coge un palo grueso y abre el craneo con un golpe. Según la vieja creencia, tan pronto como el craneo se abre en este mundo, la puerta del reino de los cielos se abre allá arriba. El muchacho pensó para sí mismo: el cuerpo de mi padre fue reducido a cenizas ayer.
El Buda quiere que rompa estos pucheros como un símbolo. Estaba encantado con el ritual. Cogiendo un palo, tal y como le había dicho el Buda, el chico golpeó con fuerza y rompió ambos pucheros. De inmediato, la mantequilla contenida en uno de los cacharros subió y se quedó flotando en la superfície del agua. Los guijarros del otro se esparcieron y se quedaron en el fondo. Entonces dijo el Buda:
- Bien, muchacho. Yo he hecho todo esto. Ahora llama a tus sacerdotes y milagreros y pideles que canten y recen: ¡¡ Oh, guijarros!! ¡¡subid, subid!! ¡¡ Oh, mantequilla, hundete, hundete !!. Veamos lo que sucede.
- Señor, estás bromeando. ¿Qué podría suceder?. Los guijarros son más pesados que el agua y por fuerza tienen que quedarse en el fondo. No pueden subir, señor, es la ley de la naturaleza. La mantequilla es más ligera que el agua, por fuerza tiene que quedarse en la superficie, no puede hundirse, señor. Esa el la ley de la naturaleza.
- Muchacho, sabes mucho de la ley de la naturaleza, pero no has comprendido esta ley natural: si las acciones que tu padre realizó durante toda su vida fueron pesadas como guijarros forzosamente habrá bajado. ¿Quién puede subirlo? Y si todas sus acciones fueron ligeras como esta mantequilla, forzosamente habrá subido. ¿Quién puede hundirlo? Cuanto antes comprendamos la ley de la naturaleza y empezamos a vivir conforme a ella, antes saldremos de nuestra desdicha.

Este es otro de los cuentos sobre la figura de Buda que he escuchado este mes de agosto durante el curso de meditación Vipassana. Este texto extraído del Sutta nos permite reflexionar sobre cuál es la potencia del ser humano alejándola de la omnipotencia y de la impotencia que, en muchas ocasiones, se convierte en protagonista de una vida. Me puedo con las dos preguntas que le formula Buda al joven: ¿Quén puede subirlo? ¿Quién puede hundirlo? ... Acaso, ¿puedes tú hacerlo por mí?

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2 de setembre del 2009

EL REGALO

Este mes de agosto tuve la oportunidad de escuchar este cuento sobre el legendario sabio Buda que me permitió pensar sobre la posibilidad de ser ecuánime ante las circunstancias que nos rodean.

Un insensato oyó que el Buda predicaba que debemos devolver bien por mal. Malhumorado fue hacia el Buda y lo insultó. El Buda guardó silencio. Cuando el otro acabó de insultarlo, le preguntó: "Hijo mío, ¿qué haces cuando alguien llega a tu casa y te ofrece un regalo?". A pesar de no entender el motivo de la pregunta, le contestó que lo aceptaba. Buda le vuelve a preguntar: "Si un hombre rechazara un regalo, ¿de quién sería el regalo?". El otro respondió. "De quien quiso ofrecerlo". "Hijo mío", replicó el Buda, "me has insultado, pero yo rechazo tu insulto y éste queda contigo. ¿No será acaso un manantial de desventura para ti?". El insensato se alejó avergonzado, pero volvió para refugiarse en el Buda.

Una buena lección para no dejarse arrastrar ante la ira, odio, miedo y hostilidad que aparece en forma de "regalo" a nuestro alrededor. Por ello, es necesario no olvidarse que una persona puede decidir aceptar o rechazar dicho regalo.

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